EL DÍA QUE HICE REÍR A JUANCHITO
Por: Carlos Guillermo Martínez Gómez |
Haciendo las cuentas, era el año de 1975 y haciendo memoria, era una tarde perezosa, de esas que sólo se soportan porque se tiene únicamente 14 años recién estrenados y la vida todavía no pesa ni en los pies, ni en los hombros, ni en la conciencia.
No se por arte de qué magia, pero, a pesar de ser siempre uno de los más chiquitos, lograba ubicarme en los puestos de atrás del salón y siempre al lado de una ventana. (Ahora pienso que piadosamente me ocultaron la razón y era la de que, aunque era chiquito, también era cabezón y terminaba, de todos modos, tapándole el tablero a los de atrás).
Esa tarde que les cuento subí a saltos las escaleras del colegio luego de que el profesor Rodríguez diera un golpe categórico con un tubo a la zapata de camión, binomio macondiano que hizo las veces de campana para llamar a clase, antes de que el colegio se modernizara e instalara un timbre. Tomé mi lugar sólo al advertir que el salón quedó mudo, como siempre ocurría cuando, bien puesto en su inefable vestido completo, rematado en corbata azul oscuro, entró Juanchito.
Era la clase de geometría y la geometría es una de las siete ciencias cardinales de la Masonería y la Masonería es el cimiento secreto sobre el que se forjó y se fundó “nuestro amado Instituto que a la ciencia le da plenitud”.
Pero bueno, para nosotros, simplemente era la clase de geometría y a esa hora la ciencia reñía frontalmente con el sol de las dos de la tarde y la pesadez que deja un almuerzo profuso en carne, granos, harinas e inapelables regaños maternales sobre el valor de las legumbres.
Siguiendo el ritmo contrario al de la creación, al principio fue el bullicio y al entrar Juanchito, se hizo, como siempre, el silencio y lo que siguió no fue el verbo, sino el ángulo, el grado, la hipotenusa, el eje de la x, el de la ye, las paralelas, fórmulas que, a pesar de conformar un todo abstruso, Juanchito lo bosquejaba en el tablero con esmero y orden óptimo y lo explicaba con voz queda, ritmo pausado y paciencia infinita. Nos miraba desde detrás de sus gruesos anteojos verde oscuro y hacía esa mueca compasiva y paternal con la que perdonaba nuestras ofensas matemáticas, como nosotros perdonábamos a quienes trataban de enseñarnos las artes de Pitágoras y otros tantos.
La clase transcurría lentamente y lentamente el sol se hacía más denso, y yo -qué culpa- que disfrutaba de la vista al patio de las niñas, la pequeña casa de Don David, el celador-jardinero y los bambúes que guardaban el fresco para repartirlo a puñados por las casas de El Jardín, me dejé llevar por esa película en tecnicolor, cámara lenta y cine mudo.
La voz de Juanchito despareció, como desapareció el edificio entero. No recuerdo qué pensaba o qué imaginaba, pero guardé esa tarde caliente y pesada como una fotografía cincelada en el revés del pecho, porque ese día logré una proeza que pocas veces iba a repetirse en el futuro y que ya nunca más podrá ocurrir. Ese día, por primera vez, hice reír a Juanchito.
Entonces, una voz ronca y severa me sacó del entremundos en que andaba:
- ¿El señor Martínez está muy entretenido con el paisaje?, me dijo el profesor con su gesto inolvidable.
- “Sí señor”, respondí entonces, en un sorpresivo intento de fuga por la ruta más abrupta: la de la arrogancia.
Juanchito me lanzó una mirada que en un primer momento no representaba amenaza, pero la sostuvo por tanto rato desde el fondo del silencio más estrepitoso, que el miedo empezó a cuajarme las venas.
-Ah, dijo el profesor, casi sin inmutarse. ¿Y qué es lo que mira el joven?
- Nada profesor, dije con algo de suficiencia. -Si ya estaba jugado por esa línea, debía continuar en el intento-. Miro los carros que pasan.
El silencio fue tan hondo que oíamos el lapicero de don Carlos en el piso de abajo, rascar los papeles en los que escribía.
- Muy bien, señor Martínez, dijo Juanchito. Entonces, hágame un favor: voltee el pupitre para que pueda mirar de frente a la ventana y al final de la clase me cuenta cuántos carros pasaron.
Algunas risitas, incluyendo la mía, siguieron al asombroso pedido, pero el profesor se ratificó de inmediato y esta vez con el ceño rizado:
- Voltee el pupitre joven, dijo, y su orden se cumplió sin más resistencia.
En 1975 todavía la ciudad olía a leche hervida hasta bien entrada la mañana; había tantas calles como trochas en la ruta hacia el colegio; Pan de Azúcar era una montaña dislocada en la que aprendimos a fumar demasiado temprano y perdimos el amor por el atletismo demasiado rápido; las calles se podían pasar de oído y las casas no se cerraban ni de día ni de noche; era un solo barrio que comenzaba en Conucos y terminaba en el estadio y el Caldas, el Caldas era el ombligo del mundo.
En una ciudad como esa, un día cualquiera, entre semana, a las dos y media de la tarde, pasaba un carro cada cuarto de hora. Yo ya no podía distraerme con mis fantasías, tampoco podía atender a clase y el aburrimiento comenzaba a ampollarme las posaderas. A los pocos minutos de iniciarlo, entendí el perfil tortuoso que tenía el que parecía inocente castigo impuesto por Juanchito.
Mi rebeldía había quedado reducida a cenizas y mi orgullo abochornado comenzó a destilarme malos consejos. Carente de sosiego y con la decisión que debió tener el cacique pielroja de la cajetilla que escondía en las medias, sin voltear a mirarlo, levanté la mano para hacerme notar del profesor. A los pocos segundos logré la atención de Juanchito, que en la más sarcástica de las inflexiones dijo:
- ¿Ah, el señor Martínez quiere hacer una pregunta?
Nadie podía entender, ni Juanchito ni los demás, cómo era que, condenado como estaba a ventana por cárcel desde hacía tanto tiempo, podía estructurar una pregunta sobre la fórmula para hallar la hipotenusa, cuando todos sabían que ni con la concentración de un león tras la presa, sería capaz siquiera de hilvanar tres palabras en las que una fuera de geometría.
En ese mismo desconcierto estaba Juanchito, quien no perdía la esperanza de desasnarme en asuntos matemáticos y creyó que el castigo había surtido efecto inmediato y que, aunque patrullaba la calle y hacía una rayita por cada carro que pasaba, estaba recibiendo la ciencia por la oreja derecha y cuidando que no se me escapara por la otra. Así que, con esa esperanza me inquirió enseguida:
- ¿Qué quiere preguntar el joven?
Y ese fue el momento sublime en el que me aprendí para siempre la risa de Juanchito:
- Profesor, le dije con tono solemne y gesto marrullero: ¿las motos también las cuento?